URBI500Di Riccardo Bertinelli
Una plaza vacía. O mejor dicho: la plaza de las plazas vacía. Silencio. Es el anochecer. Un hombre vestido de blanco que muestra signos de envejecimiento, hoy más que nunca, está solo y, en esa soledad, comienza a hablar:
"[...] La vida del espíritu, capaz de redimir, mejorar y demostrar hasta dónde nuestras vidas son tejidas y apoyadas por personas comunes, generalmente olvidadas. Vidas que no aparecen en periódicos, revistas o en las grandes pasarelas del último espectáculo. Pero que, sin duda, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia. Médicos, enfermeros y enfermeras, trabajadores de supermercados, personal de limpieza, del transporte, fuerzas del orden, voluntarios, sacerdotes, religiosos y tantos, pero tantos otros que han entendido que nadie se salva solo. [...] No somos autosuficientes solos, solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos navegantes de las estrellas. Invitemos a Jesús a los botes de nuestras vidas.
Demosle nuestros miedos, para que Él los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no hay naufragio. Porque esa es la fuerza de Dios: convertir todo lo que nos sucede en cosas buenas, incluso las malas. Él trae la paz a nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos desafía y, en medio de la tormenta, nos invita a despertar, a activar la solidaridad y la esperanza capaces de darnos solidez, apoyo y significado en estas horas en que aquí todo parece naufragar. [...] Abrazar su cruz significa encontrar el coraje para abrazar todas las contrariedades de la actualidad, abandonando por un momento la ansiedad de la omnipotencia y la posesión, para dar espacio a la creatividad que sólo el espíritu es capaz de despertar. [...] ¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe? Queridos hermanos y hermanas, desde este lugar, que narra la fe rocosa de Pedro, esta noche me gustaría confiarle al Señor, a través de la intercesión de Nuestra Señora, la salud de su pueblo, Estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor bendice al mundo. Da salud a los cuerpos y consuelo a los corazones. Nos pides que no tengamos miedo, pero nuestra fe es débil Señor y tenemos miedo. Pero tú, Señor, no nos dejes a merced de la tormenta y repite nuevamente: no tengan miedo. Y junto a Pedro dejamos en ti todas las preocupaciones, porque sabemos que tú nos cuidas".
Después de la reflexión, la cámara enmarca la plaza vacía y, junto a ella, se puede ver una porción del cielo. La luz está a punto de desaparecer definitivamente, pero aún es suficiente para hacernos ver algo, allá arriba, en el cielo. Ese algo es una figura vertical de forma humana que parece descansar sobre una alfombra de nubes. Desde allí, mira hacia la plaza con el pecho iluminado. Una simple ilusión óptica, una pareidolia, dirá la mayoría. Una señal gloriosa para muchos otros. Prescindiendo del propio sentir, debe hacerse una consideración honesta: el momento es de una clara profundidad espiritual y el marco, nunca separado de la cara del Papa, en ese preciso instante y durante unos segundos, nos da esa visión. ¿Podría ser la Virgen María en las nubes del cielo?
 
Volvamos a tierra. El Papa se mueve, sumiso, hacia una antigua cruz. Alcanza sus pies. Inclina su cabeza; después de todo ¿qué más podría hacer un hombre frente a ese símbolo de revolución; o más bien la revolución de las revoluciones, tan violenta en su no violencia? Él permanece doblado y poco después le besa los pies.
El rito continúa y los momentos de oración se suceden frente al Santísimo Sacramento.
Ahora, en unos minutos, me parece que sucede de todo; el corazón acelera el latido y muchos símbolos de increíble fuerza fluyen ante mis ojos, percibidos por mí de la siguiente manera: con paso lento y sumiso, el Papa llega al Santísimo Sacramento; nuevamente inclina la cabeza acompañado de canciones devotas que se elevan hacia el cielo. Un momento de oración y el Santo Padre se levanta, inciensa el aire y, casi con paso incierto, pero lleno de reverencia, acompaña el ostensorio hacia la plaza. Lo levanta y a través de él bendice a toda la humanidad. La visión del ostensorio que contiene al Santísimo Sacramento es poderosa, majestuosa y gloriosa, pero apoyada por manos cansadas, manos que representan a hombres igualmente cansados, solos, que en vano gritaron arrepentimiento. En la plaza de las plazas vacía, sólo lo esperan pequeños fuegos. Esos pocos fuegos son esas pocas almas justas que esperan, sin temor, el glorioso retorno del Santísimo Rey. Un exiguo cordón de fuerzas del orden se observa en la distancia. La humanidad está oculta, y oculta aprieta los dientes. Campanas y sirenas lloran y gritan al cielo. Es el apocalipsis y se pronuncia una letanía final, de tonos apagados. La humanidad está de rodillas y sabe que el juicio será terrible. Con voz débil, frente a la ira que la domina, ella invoca desesperadamente el perdón. Es tarde, ha llegado la noche y esa antigua cruz permanece afuera, sola y húmeda con suaves gotas de lluvia. Gotas que parecen lágrimas.
En fe
Riccardo Bertinelli
29 de marzo del 2020
URBI