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agustinsixtina200Por Agustín Saiz

El Dios de los humanos es tan humano que a veces no nos damos cuenta de que es Dios.

Y está tan cerca que no se ve. Las aves cuando vuelan y los animales del monte, de la pradera, o de cualquier otro lado, sí lo hacen a través de cada una de sus rutinas. Viven en simbiosis con lo creado. No están por fuera del paraíso. No cayeron como el hombre. Las flores se expresan buscándolo y sintiéndolo. Los animales lo viven hasta cuando cazan y comen extasiados. El hombre quiere imitarlos a traves de su maldad. No de su amor. El hombre usurpa las formas y los mecanismos de la creación y comete un sacrilegio e intenta burlarse de Dios. Lo ofende. Hace que no lo ve, hace que lo busca. Lo tiene al lado. Adentro. Afuera. En el aire cuando respira, en el agua cuando bebe, en el fuego cuando se calienta. Cuando mira el Cielo. Cuando cierra los ojos. Cuando escucha música o medita en silencio. Cuando camina. Cuando maneja un auto. Cuando barre el piso.

Pero hace que no lo ve. Y que lo busca.

Tiene que ir a misa. O a un lugar recóndito a meditar. Tiene que resolver primero sus problemas porque le parecen más importantes que Dios. Tiene que limpiar sus pecados para entrar en Su presencia. Debe cumplir con las obligaciones de su rol y encontrar el tiempo y sincronizarlo para encontrarlo como si se tratase de una ceremonia en la cual uno es indispensable.

Pero simplemente lo posterga según sus vanalidades.

El Dios de los humanos está en la dimension humana operando nuestro destino. La Gracia desciende y nos abre la conciencia sin saber por qué y en cada pulso de lo cotidiano la vida renace. En silencio observa como nos engañamos al creer que los éxitos son nuestro mérito al esfuerzo y la inteligencia. Y que los desaciertos o fracasos son alguún tipo de injusticia que cae sobre nosotros y que debemos soportar con sufrimiento, por causa de alguna otra circunstancia ajena a nosotros.

El hombre ha rechazado a Dios en su corazón y lo sostiene con fuerza cerrado para que no lo compenetre. Un grano de polvo compite y se enfrenta contra el cosmos infinito. La criatura humana le usurpa el gobierno de su propio reino a un Dios que alquimiza los minerales para que sean sustancia, que impulsa y da vigor a los vegetales, que forja el carácter en los animales a través de sus emociones y que hace de una civilización extraterrestre una entelequia conciente.

Y por eso Dios se ha arrepentido del género humano y va a dejar que caiga estrepitosamente.

Entonces nosotros como forjadores del paraíso y del reino prometido vivamos en alegría y agradecimiento aun en la adversidad. Sobre todo en la adversidad, amando al enemigo como Cristo nos enseñó.

Porque el Dios de los humanos hace nuevas todas las cosas y opera de manera permanente en el milagro más asomborso que es el de estar vivo y existir aquí y ahora con la conciencia despierta, siendo lo que somos.

Agustín Saiz

25 novembre 2019

 

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