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Introducción

''Los escribas y los fariseos Están sentados en la Cátedra de Moisés. Así que, todo lo que os digan hacedlo y guardadlo; pero no Hagáis Según sus obras, porque ellos dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y Difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos mismos no las quieren mover ni aún con el dedo. (Mateo 23, 2-4)

Cada día millones de personas luchan para asegurarse lo estríctamente necesario para vivir en la pobreza, degradación, indigencia, o, para los mas afortunados, tasas, deudas, préstamos infinitos, cuotas con intereses usureros.

En tiempos de crisis cuando las seguridades materiales tambalean muchos buscan refugio en la fe que, puntualmente, en vez de focalizarla en las causas que determinan la condición humana y realizarla a través de la atención al prójimo, de la ayuda recíproca y sobre todo reclamando derechos e igualdad para todos, se transforma en un óptimo negocio del egoísmo y del tener la conciencia tranquila. Con refinadas técnicas de marketing y spots publicitarios de las más notables agencias internacionales las iglesias venden por un lado la salvación del alma y por el otro la benevolencia de un dios muy generoso que nos quiere buenos, felices, pero sobretodo muy concentrados en nuestras continúas carencias.
Ninguna denuncia, ningún resonar de cadenas en el templo ocupado por ladrones que concentran en sus manos todo el bienestar depredando las riquezas de la madre tierra y el derecho de cada ser humano a una vida decorosa. Ninguna voz autorizada se eleva para gritar la injusticia o para señalar a los potentes del mundo responsables de este desastre.
¿Por qué?
Simplemente porque las iglesias son parte integrante de aquel ''sistema criminal'' que ha hecho de la disparidad su mayor recurso de fortuna y dominio y tiene como único objetivo el de protegerse a si mismo y a sus propios privilegios.
Mientras la mayor parte de las más recientes confesiones cristianas - protestantes, especialmente en América, ha apuntado sobre un look joven de gran carisma construído sobre una verdadera y propia promoción del sello de un Jesús moderno y alegre, la vieja Italia todavía se maneja con el oscurantismo y los pactos lateranenses
Como demuestran recientes investigaciones la Iglesia católica ha conseguido mantener intactas e incluso a multiplicar sus ventajas a despecho de la época y de las abigarradas coaliciones gubernativas: centro, derecha y también de izquierda. Por lo demás, en su tradición milenaria la Iglesia siempre ha sabido arreglárselas entre los potentes de turno abrazando con habilidad táctica y previsora las alianzas más fructíferas. Es en los períodos más críticos que ha sabido hacer al mal tiempo buena cara, según la conveniencia y las contingencias históricas.

Matrimonio por conveniencia

Se cuenta que al Duce no le gustaban nada los curas, tanto como para definirlos, en sus artículos al inicio de su carrera de periodista desencadenado ''microbios negros tan letales como los gérmenes de la tuberculosis''. Pero cuando en el año 1922 Mussolini puso en marcha la locura fascista se dio cuenta enseguida de cuán importante podría ser tener de su lado al Vaticano. Por lo tanto comenzó a tejer la red de la diplomacia y una vez convertido en primer ministro en 1926 lanzó una serie de medidas importantes a favor de la Iglesia: educación religiosa en las escuelas primarias, los crucifijos en los edificios públicos, fondos del estado para restaurar las iglesias y sobretodo una sólida intervención para sanar el Banco de Roma donde el Vaticano tenía importantes intereses financieros. Pero lo mejor estaba todavía por venir, Mussolini trataba de resolver de una vez por todas, la espinosa cuestión de la política del papa en Italia a quien quería garantizar total independencia.
Las relaciones diplomáticas entre el reino de Italia y el estado Pontificio habían sido brúscamente interrumpidas en 1870 luego de la llamada ''brecha de Porta Pia''. El 10 de septiembre de aquel año el rey Victorio Emanuel había enviado un emisario para informar al entonces pontifice Pio IX (papa Ferretti 1846 - 1878) que las tropas reales marcharían sobre Roma expropiando aquellas tierras que desde hacía un milenio eran de propiedad de la Iglesia. En cambio, por respeto a la soberanía del papa, el rey dejaba en libertad al pontífice de mantener las relaciones con el extranjero y le ofrecía un resarcimiento en dinero para compensar la pérdida de los territorios.
Pero Pio IX no tenía ninguna intención de pasar a la historia como el papa que habia cedido tan fácilmente el poder temporal de la iglesia y por lo tanto no solo rechazó la propuesta del rey, sino que ordenó a la guardia pontificia, si bien era un número irrisorio, de resistir todo lo que se pudiera al asalto del enemigo.
En diez días el ejército real abrió un paso en los muros leoninos de Porta Pia y en otras dos semanas los invasores organizaron un plebiscito en donde los ex súbditos del pontífice votaron a favor de su incorporación al reino de Italia.
Por ello el papa se apuro a excomulgar a todos aquellos que habían participado en el asedio y se declaró públicamente ''prisionero del Vaticano'' rechazando cualquier diálogo con los usurpadores.
Luego, preocupado por el creciente descontento de los católicos, el gobierno italiano decide perfeccionar y dar forma a la propuesta hecha al papa antes de la invasión aprobando la llamada ley de las ''Guarentigie''. Pero el pontífice se mantuvo firme y rechazó también esa medida.
La inestabilidad generada por esta crisis diplomática preocupaba mucho a ambos reinos, pero los acontecimientos que desde ese momento en más se desencadenarán en Europa pasarán a ser cuestiones casi de exclusiva competencia de las diplomacias y de los primeros servicios de información. Pero básicamente no cambió nada hasta que el Duce no emprendió las largas y delicadas tratativas que llevaron a la elaboración de los Pactos Lateranenses de 1929.
Tres documentos que sancionaron el nacimiento del Estado independiente y neutral del Vaticano, establecieron las relaciones entre el estado y la Iglesia en Italia y garantizaron un reembolso financiero para compensar las expropiaciones del siglo anterior. De hecho símplemente fueron modernizadas las propuestas recogidas en las leyes de las ''Guarentigie'' y esta vez Pio XI (papa Ratti 1922-1939), que sucedió a un papa mas iluminado como Benedicto XV (papa Della Chiesa 1914-1922) que, en nombre de la paz había rechazado estrategias y compromisos, decidió que era justo el tiempo de relucir a nuevo el poder temporal de la Iglesia.
La toma del gobierno por parte de Mussolini, que encuentra poca y muy débil oposición, es recibida por el pontífice con gran estimación sobretodo teniendo en cuenta los desórdenes sociales que agitaban el país y la revolución política de izquierda que había tenido origen de movimientos rusos de pocos años atrás.
Para reforzar los acuerdos con el Duce reconocido como el único dotado del pulso necesario para garantizar el orden en el país, la santa sede empezó a oponerse tenazmente a cualquier fuerza política de impronta católica que se opusiera a la dictadura emergente, empezando por el Partido Popular Italiano, cuyo inspirador, el antifacista Luigi Sturzo, es obligado a dejar el país
En 1924 les es prohibido a los clérigos el pertenecer a cualquier partido político y el papa públicamente tomó las distancias del Partido Popular que se disolvió definitivamente poco después, y estuvo bien atento a darse vuelta cuando el régimen recurría a la violencia para reprimir a sus enemigos. Ni siquiera por el asesino de Matteoti y por la consiguiente crisis que se desencadenó, el papa pronunció una palabra más que la simple denuncia por homicidio, para después tomar la defensa del Duce de las imputaciones que le hacían.
Como todos los matrimonios por conveniencia la luna de miel termina en el momento en que cambian los intereses. Una vez solucionada para siempre la ''cuestión romana'', que representaba un punto débil del régimen, Mussolini comenzó a no tolerar la ingerencia religiosa en su territorio, también por el motivo que las Asociaciones Católicas de hecho eran las únicas fuera del control fascista. Así como había hecho por la mafia militar el Duce empezó a tratar de desembarazarse de aquel ''otro'' poder atacando la Accion Católica hasta el punto de que en 1931 llevo a Pio XI a emitir la encíclica ''No tenemos necesidad'' en la cual defendía al mundo católico y realizaba las primeras críticas a la violencia y a la ingerencia del fascismo en la vida de los ciudadanos.
A pesar de ello el pontífice no adoptó una hostilidad abierta contra el régimen, sino que sostuvo la ''necesidad de resistir con un frente único (clérigo-fascista) a las filas de los partidos subversivos''. Por lo demás se limitó a defender la doctrina católica y los bienes eclesiásticos del paganismo hitleriano y de su gran enemigo: el comunismo.
Con un pasado de embajador y con grandes dotes de mediador político Pio XI había consolidado las relaciones de la Iglesia con muchos países extranjeros reforzando así no solo la soberanía del Vaticano sino también privilegios y concesiones, incluso económicas, dignas de cualquier otro tipo de gobierno.
Una vez establecido que había que tratar al pontífice a la par de cualquier jefe de Estado y que cualquiera que atentara contra su persona debía ser castigado con la muerte el papa podía dedicarse a los problemas internos. Así nacen y prosperan en aquellos años entre los muros vaticanos muchas actividades comerciales creando un notable flujo económico de cuya administración se ocupa el COR (Comisión para la obras de religión) como un verdadero y propio instituto bancario.
Para que dieran frutos los importantes ingresos de dinero habidos como indemnización de Mussolini el papa fundó al objeto la Administración Especial confiándosela a un experto y astuto laico, el ingeniero pero sobretodo financiero Bernardino Nogara. Hermano de un obispo, el profesional aceptó el trabajo encargado a pacto de poder invertir el dinero santo en todo el mundo sin ningún condicionamiento religioso.
Obtenida la vía libre Nogara participará sin ningún escrúpulo en las más rentables especulaciones de ese tiempo y echará las bases del potentísimo capitalismo católico que más tarde será definido, no se sabe si como ironía: finanza blanca.
Italgas, Breda, Dalmine, Reggiane, Ferrorotaie, Sociedad eléctrica Italia central, Sociedad agrícola lombarda Milano fueron solo las primeras empresas de las cuales Nogara compró las acciones, luego siguieron Iri y la esmerada red de estrechísimas relaciones con las instituciones bancarias más prestigiosas y potentes del mundo: Hambros Bank, Morgan Guarantee Trust, Chase Manhattan, Continental Illinois'¦.
Los frutos de las inversiones se multiplicaron hasta el infinito, más que los panes y los peces...
Con esa enorme masa de dinero entre las manos Nogara partió a la conquista de las más importantes e influyentes empresas públicas y privadas de Italia y de Europa, incluidas las empresas que fabrican armas y anticonceptivos.
''Productos como bombas, tanques y anticonceptivos - escribe David Yallop en su célebre ''En nombre de Dios'' - podían ser condenados en el púlpito, pero las acciones que Nogara compraba ayudaban a llenar los bolsillos de San Pedro''.
Y fue justamente con una buena cantidad de armas provenientes de la fábrica de municiones comprada por Nogara que la Santa Sede apoyó la campaña de Mussolini en Etiopía en el año 1935. Efectivamente además de una maniobra económica se trataba también de una movida política a través de la cual la Iglesia obtenía así a cambio apoyo para su misión evangelizadora en Rusia.
Más feroces se volvían las luchas y la guerra misma, más el papa sentía que tenía que intervenir directamente.
En el `39, en ocasión de los diez años de la conciliación entre el Estado y la Iglesia, Pio XI llamó a una asamblea en Roma a todo el episcopado italiano para pronunciar un discurso en el que tenia intención de denunciar la violación de los ''Pactos Lateranenses'' por parte del gobierno italiano y la persecución racial en la Alemania nazista.
Un discurso que nunca llegaría a pronunciar ya que murió de un infarto la noche anterior al encuentro. Una muerte, como sucede a menudo, ''en el momento justo''.
Sobre la providencial desaparición del papa el cardenal Tisserant escribió una memoria en la cual afirmaba que el pontífice había sido envenenado por una inyección dada por Francisco Petacci, padre de Claretta, la amante de Mussolini, por orden directa del Duce quien temía la excomunión.
Otro claroscuro que se va a juntar a los muchos custodiados en los muros vaticanos.
El cónclave, rapidísimo, elige a Pio XII, ese Eugenio Pacelli que detuvo a su predecesor de llamar a la sede al Nuncio de Berlín, rompiendo así las relaciones con Alemania.
En efecto Pio XII había tenido siempre una cierta debilidad por esa patria en la que cuando era nuncio apostólico había aprendido las artes de la diplomacia y descubierto su aversión por el marxismo. Y es justamente por su actitud de mediador en la época mas trágica del pasado reciente marcada por la guerra y por las ordas racistas que es recordado todavía hoy como el papa de los dictadores. Muchos lo defienden recordando que salvó la vida a muchos hebreos y perseguidos haciéndolos refugiar en las iglesias y que iba sin preocuparse de su incolumidad entre las ruinas de los bombardeos de San Lorenzo, fuera de los muros, pero son los mismos historiadores católicos quienes recuerdan que es lo mínimo para el Vicario de Cristo, que sin embargo hace poco y mal por incidir en las grandes tragedias dictatoriales de ese período.
Empezando por el mensaje enviado en el `39 a la España de las masacres de Franco en el cual, olvidando los miles de cadáveres, se congratulaba con ''la parte sana del pueblo español'' por haber entrado en guerra ''con el fin de defender el ideal de la fe y de la civilización cristiana'', o sea justificaba la guerra tomándola como ''la mejor prueba'' que se pueda dar de la supremacía de la razón y del espíritu''.
En el `41 Hitler invade Yugoslavia abriendo la entrada al poder a los fascistas croatas: Los Ustascia. Guiados por Ante Pavel declararon la propia independencia y la firme voluntad de querer instaurar una Croacia católica que obtuvieron con un exterminio masivo y sistemático de serbios ortodoxos, gitanos, hebreos y comunistas. Además un par de años antes, mientras se entretenía en Roma con al arzobispo Alojzije Stepinac, el papa había definido a los Ustascia como ''la vanguardia del cristianismo''.
Con la ayuda de un ejército de franciscanos, aunque estas dos palabras puedan hacer revolver en su tumba al pobre San Francisco, los ''cristianos modelo'' de Pavel y de su vice Andria Artukov, el Himler de los Balcanes, exterminaron 800.000 personas y 100.000 solo en los campos de concentración de Jasenivac.
A pesar de estar bien informado del genocidio por el mismo Stepinac, el Papa no dijo una palabra.
El arzobispo de Zagabria será beatificado por Juan Pablo II en 1998 y los dos dictadores Pavel y Artukov se escondieron en Italia en un monasterio romano bajo la personal protección del vicesecretario del Estado del Vaticano, Juan Bautista Montini, futuro papa Pablo VI, para luego recalar en América Latina para gozar del inmenso patrimonio depredado a sus víctimas.
Un dramático reavivamiento de la Santa Inquisición contra los herejes y los disidentes. ¿Pero no estaba dicho y escrito ''¿No matarás?''?
Pero los reproches más serios al obrar de Pio XII son de orden interno y llegan de los fieles que, en aquellos terribles años de persecución y de campos de concentración, pedían una toma de posición dura y fuerte por parte del vicario de Cristo y hasta el ofrecimiento del martirio voluntario de parte del Papa para evitar, reducir, conjurar el exterminio.
''Un sacrificio - escribe Claudio Rendina en ''Los papas, historias y secretos'' - que habrían iluminado de santidad al papado como en los tiempos de su origen, el mundo habría visto, habría entendido el significado profundo de su sacrificio. Quien no creía tal vez hubiera descubierto la fe o la hubiese vuelto a encontrar''. ''Si así no ocurrió - reflexiona el laico Dino Buzzatti en el prefacio del mismo libro - es señal que intervino el oportunismo, el problema primordial del '˜subsistir'. Y ciertas caídas del espíritu se pagan''.
Pero las palabras que marcaron la condena moral de Pio XII fueron las del teólogo jesuita Alfred Delp, arrestado en 1944 después del fallido atentado a Hitler y ahorcado en Ploetzense en el `45 sin que se levantara un susurro de Roma: ''Una honesta historia de la Iglesia deberá escribir amargos capítulos sobre la contribución de la Iglesia al surgimiento del hombre masa, del colectivismo, del poder dictatorial''.
Si Pio XII decide por el silencio acerca de los crímenes nazis, cuidándose bien de al menos amenazar con alguna excomunión en defensa de los mártires cristianos y de millones de inocentes, no faltó en cambio el hacer sentir fuerte y clara la condena, si bien con razón, por las persecuciones de los cristianos en los países del Este víctimas del odiado comunismo de los ''sin- dios''. Hace colgar en todas las parroquias la excomunión para todo aquel que se adheriese o se acercara al Partido Comunista y transformó el año santo en una declaración de guerra fría a los infieles.
Si bien hoy se tenga el coraje de proponer la beatificación de un papa como Pacelli, nadie puede sostener que vivió imitando al Jesús Cristo del Evangelio. Aunque no queda ninguna duda del mérito que hay que atribuirle por haber restituido al estado pontificio la antigua potencia y todas las alianzas, políticas y no, necesarias para transformarlo en un objeto político y económico a quien hay que tener en cuenta a nivel nacional e internacional.
Y de hecho es precísamente bajo su pontificado que nace IOR, sustituyendo a COR, en junio de 1942 y que se conceden al Banco del Vaticano todas las trapisondas que por un lado lo han convertido en inmensamente rico y por el otro en alguna medida todavía hoy lo miran con sospecha. Lo dirije otro desprejuiciado mago de la finanza, el príncipe Massimo Spada ayudado por otros dos personajes que darán mucho de que hablar: Luis Mennini y Pellegrino De Stroebel.

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