Era la noche anterior a que
Giorgio partiera a la ciudad de Treinta y Tres donde daría una
charla. Me encontraba un poco triste de no poder acompañarlo
por razones operativas, pero aceptando lo que el Cielo determina como
Giorgio siempre me ha enseñado. Hasta el momento nada hacía
pensar lo que sucedería en unos minutos. Pero con el Cielo nuestra
lógica no tiene cabida. Entonces, Giorgio, sin razón aparente,
se puso algo nervioso, nos disponíamos a mirar televisión
y de repente me ordena de apagar todo y lo acompaño a su cuarto,
le llevo las cosas que esa noche durante su vigilia leería, como
todas las noches, salvo su nerviosismo todo parecía ser como
una noche más.
De repente me toma de la mano, su corazón late más rápido
y sus pupilas se dilatan, alcanza a decirme: “¿Te acuerdas
de Fátima?, ¿Has visto las fotos?” Yo le contesto
que si, un poco asombrada por la pregunta y el solo dice, con mi mano
entre la suya, “no te asustes” ...y no fue más él.
Caminó como en trance dos pasos y cayó al suelo, yo intenté
sujetarlo como pude, su peso supera ampliamente mis fuerzas.
Intuitivamente comprendí todo; el porqué de la pregunta,
el porqué me dijo que no tuviera miedo, el porqué de su
nerviosismo. La presencia de la Madre Celeste se evidenció, se
evidenció por el ambiente, por la congoja de mi espíritu,
que inmediatamente se sintió indigno de estar presente cuando
ese milagro sucedía, indigno siquiera de secar las lágrimas
que recorren el rostro de mi Amigo, mi Mentor, Giorgio. Se evidenció
porque Giorgio entró en éxtasis.
Sus ojos que no pestañearon durante los veinte minutos que dura
el éxtasis, se pierden, su respiración casi es imperceptible.
Lo escucho, apenas, que con dulzura le habla a Su Madre Celestial: “Madre
Mía, Madre Mía, Te Amo, Te Sirvo”... y sus palabras
quedan cortadas, sus manos se juntan como en oración.
Mi pobreza espiritual me empuja y acaricio a Giorgio, seco sus lágrimas,
beso su frente, sintiendo un profundo Amor. Mis caricias y mis besos
intentan consolar, a quien, en realidad, en ese momento está
recibiendo el consuelo más grande que el Hombre pueda necesitar.
Y estábamos allí dos seres diferentes, Mentor y Discípulo
tirados en el suelo, frente a la presencia de la Madre del Cristo, quien
nos ha dado el ejemplo de Amor maternal más grande de la Historia,
Amor Encarnado, Corazón Inmaculado que visita al Siervo de los
Siervos de Dios a dar su anuncio.
Y estábamos allí, postrados los dos, representación
clara de la Jerarquía Celestial, mi Mentor sirviéndole
a Ella, a la Virgen, yo sirviendo a mi Mentor, Giorgio y los tres sirviendo
al Padre. Una noche de octubre, cuando la sentencia final, el último
llamado, toma forma en el Alma de Giorgio, quién inmediatamente
me dicta el mensaje que la Virgen le acaba de dar. Y estaba allí
como espero estar cuando el Cristo retorne, como quisiera estar cada
vez que Giorgio o mis Hermanos me necesiten, si mi condición
Humana no me vence.
Erika Pais
7 de octubre de 2006
Montevideo, Uruguay