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Cuando una persona muere, deja detrás suyo el recuerdo que vive en la memoria y en el cariño de las personas que lo han conocido y amado y en el valor de sus obras.
A veces el espíritu que abandona el cuerpo era y es un ser especial que ha trazado nuevos caminos, marcando una época y dejando huellas indelebles en la historia de la humanidad. Esto es algo que no siempre es recibido por la sociedad mientras ellos están con vida. Muchas veces sólo el tiempo y los acontecimientos han permitido comprender la grandeza de lo que han dicho y hecho. Eugenio Siragusa pertenece a esta categoría de hombres.
El 27 agosto del año 2006, Eugenio Siragusa muere, pero como siempre enseñó: “la muerte no existe”. Su espíritu se libra del cuerpo a la edad de 87 años en su casa de Nicolosi, a los pies del volcán Etna. Sus extraordinarios encuentros con seres procedentes de otros mundos y los mensajes que le fueron confiados y que difundió al mundo, marcaron la parte final del siglo pasado, dejando una herencia de gran importancia visible hoy incluso en la obra que algunas almas siguen llevando adelante. Entre estas, también nosotros, que lo hemos conocido de cerca.